Cosas de Dino Chemes, que nunca había leído
Por: Lucio Doncel
Recuerdo unas palabras de Clemente Hernández en las que decía que, para él, un pionero del culturismo no era aquel que había empezado a practicar este deporte muchos años atrás, sino “… aquellos que antepusieron el ideal a los intereses materiales”. Y personalizaba en “Un grupo muy reducido formado principalmente por Dino Camerlengo, Dino Chemes, Mateo Peytibí y Orencio Pérez”.
A Ennio Chemes, “Dino”, (Rosario, Argentina, 1925) lo conocí allá por 1981, cuando tomé parte en mis primeras competiciones de powerlifting. Él era toda una institución en el mundo de los hierros españoles (me acordaba de las fotos del campeonato de España de 1977, donde había sido elegido mejor posador, con todos los participantes aplaudiéndole) y yo un simple principiante. Pero, nada más llegar con la gente de su gimnasio y otros competidores de Málaga, se puso charlar con los que estábamos allí, chavales la mayoría, tratándonos como iguales. Enseguida comprendí porqué la gente le respetaba tanto, porqué le quería tanto. Poco después le vi competir como culturista; no era el mejor, pero nadie ponía tanto pasión como él cuando estaba sobre la plataforma. Por eso sus rutinas de poses eran premiadas muy a menudo.
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Campeonato de España de culturismo 1977Recientemente tuve la fortuna de pasar unas horas con Dino. Lo encontré en su gimnasio de toda la vida, el de la calle Tejares, en Málaga: el “Gimnasio Argentino Dino”. Allí estaba engrasando una máquina. Su hijo, Dino Chemes Capdevila, me dijo: “Siempre está igual, no puede vivir sin esto”.
A pesar de que lleva más de cincuenta años viviendo en España, cuando habla no puede disimular que nació en Argentina.- “Hay gente que me decís que todavía tengo acento, que hablo como un argentino. Yo contesto: pero ¡estás loco! Llevo mucho tiempo aquí ¡Cómo voy a hablar como un argentino! Pero me responden: Lo ves, no te diste cuenta y dijiste “loco” ¡Claro que hablás como un argentino!
Dino, haciendo una pose en su gimnasioFue en su Rosario natal donde empezó a entrenar con las pesas. Dice que le falla la memoria, pero sus recuerdos son tan vivos como si las cosas hubiesen sucedido ayer.
- “No sé, tendría más o menos trece años cuando empecé a darle a los fierros. Íbamos a las casas de empeño. A veces aparecía alguna barra, oxidada o sin oxidar, y la comprábamos por cuatro gordas ¡Quién iba a querer eso! Mancuernas no teníamos, pero cogíamos trozos de hierro y los usábamos como si lo fuesen. Teníamos una caseta de madera, que habíamos construido los amigos, junto al río. Allí teníamos todo el material y allí entrenábamos. No lo hacíamos durante media hora, ni durante una, dos o tres. Si era domingo ¡todo el día! Entrenábamos, parábamos a comer carne (¡costaba muy barata!), volvíamos a entrenar… Así pasaba un día de los nuestros. Para terminar, solíamos hacer una locura. En el río había una boya que estaría, ¡qué se yo!, a mil metros de la orilla, para que no se acercasen los barcos. Nadábamos hasta allí, ir y volver. Siempre en grupo. Nos daban calambres, teníamos que apoyarnos unos en los otros… En el río no es como en el mar, te vas al fondo sin darte ni cuenta”.
Me cuenta un amigo que el río que pasa por Rosario es el Paraná, uno de los que forman la cuenca del Plata. Me dice que es impresionante. Veo unas imágenes del Paraná y no puedo más que estar de acuerdo con las palabras de Dino: hacían una locura.
- “Bueno, antes de marcharnos de la caseta había que hacer unas series de fondos para congestionar los brazos. Así, cuando cogíamos el “colectivo” (el autobús), nos agarrábamos a la barra para presumir”.
Sorprende que a final de la década de los 30 ya hubiese unos chavales que se planteasen entrenar para ser más fuertes. Pero, ¿Tenían conocimientos de entrenamiento? ¿Qué hacían?
- “Lo que se nos ocurría. ¡No teníamos ni idea! Llegaba alguna revista, pero estaba en inglés. Hasta que no encontrábamos a alguien que nos la leía, pues a ver las fotos”.
Le gustaba lo que hacía y no se perdía un entrenamiento. Progresa y, a mediados de la década de los 50, compite con éxito en el “Míster Argentina”. “¿Sabés por qué ganaste?”, le interpela un competidor, ¡Por qué posás como los americanos!”, le responde él mismo que había hecho la pregunta. Nadie le enseñó, pero si fijaba en las poses que veía en las revistas y trataba de hacerlo igual.
Recorte de prensa en el que aparecen los tres mejores físico-culturistas argentinos de 1956:
Ennio Chemes, Eliseo Panza y Óscar MazzoneEra lo que he calificado como un “pesista” de los años 50-60, gente a la que, por encima de todo, le gustaban los deportes relacionados con la fuerza y el espectáculo. Practicaban todos lo que podían; en el caso de Dino, pesas, gimnasia, acrobacias, carrera, remo… ¡De todo!
Para ganar dinero (los hobbies no daban de comer) se dedica a la lucha libre. Tenía físico, era “aparente” y pensaron que podía pegar. Un conocido, que había luchado, le enseña tres o cuatro cosas y se lanza a la aventura. Se va a Perú. Allí le presentan como “Landrú, campeón francés”. Gustaba porque hacía cosas extrañas: se ponía en guardia y giraba la cabeza, hacía gestos. “Pero me dieron muchas palizas. Una oreja aplastada, las dos clavículas rotas, problemas en la espalda…”
Le golpearon con una silla, a la que habían serrado las patas para mitigar el golpe, pero terminó en el hospital. Le pegan con los pies en el pecho y casi lo sacan del ring… “Al final me fui a Chile, donde me fue mucho mejor. Lo recorrí de arriba a abajo”.
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Recorte del diario “Sur”, de MálagaCon el dinero ahorrado se compra un apartamento y se va a Buenos Aires, con su novia Adela. Estaba muy orgulloso de su “departamentito” en la capital. Practicaba el remo, pero como no se ganaba nada con ello, hacía acrobacias con Elvi. Este era el ágil y Dino el portor. Por dos veces, un español les ofrece un contrato para cruzar el charco. La segunda vez se decide. Pone el piso a nombre de Adela y se viene para España.
- “En nuestra primera actuación en España, en una sala de fiestas, estuvieron presentes los jugadores del Real Madrid, Di Stéfano entre ellos. Se fijaron en nuestro número, lo aplaudieron y, como se enteraron de que éramos argentinos, al final nos saludaron y estuvieron con nosotros. Como ya no iba a ir a ver a Boca Juniors, me hice del Madrid”.
Tenía 32 años cuando llegó a España. Su dúo con Elvi finalizó, dando paso a otros ágiles. Le aconsejaron que formase un trío, incluyendo a una mujer y así lo hizo, siendo la que posteriormente sería su mujer, la componente femenina del grupo. Salían pintados en color oro, gustaban. En salas de fiestas, como “Pasapoga”, les hacían contratos de 21 días; en los circos, de nueve meses. Así que se centraron más en estos. Actuó en el “Price”, de Feijoó y Castilla, en Alemania, en Sudáfrica. Tuvo contratos para ir a Estados Unidos, a Japón, pero su mujer, ya cansada, no quiso aceptar.
- “En 1968 compré el local en la calle Tejares. Estaba todavía sin asfaltar, sin aceras, pero abrí el “Gimnasio Argentino Dino”, el gimnasio culturista más antiguo de Málaga. Como pude lo fui ampliando. Hoy un poco por aquí, mañana un tanto por allá, muchas veces solo, otras con alguna ayuda. Pero aquí sigue todavía”.
Y creó escuela en Málaga. Por allí pasaron la práctica totalidad de los primeros culturistas malagueños. Y Dino siempre con ellos. Nunca fue el mejor (Clemente me decía: “¡Eh! Te sobra en la cintura”. “Sí, que querés”, le decía yo, “siempre tuve mondonguito, nunca me lo pude quitar”), pero a nadie le importó porque todos disfrutábamos con su presencia.Hoy, es su hijo quien continúa su labor, aunque él sigue ahí, al pie del cañón. Muchas gracias por tu pasión, maestro, por tu amor al deporte.
10-VI-2011
Dino Chemes Capdevila, Lucio Doncel y el maestro Ennio Chemes